Francisco Umbral:
Un escritor al
servicio del periodismo
Estudio de las columnas publicadas en El Mundo (25 de agosto-14 de septiembre)
y en ABC (19 de septiembre-29 de octubre)
Javier Chivite Fernández
Departamento de Periodismo I
Trabajo
de Investigación
Doctorado. Curso 98/99
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ÍNDICE
Propósito
inicial de trabajo
Periodismo de
Opinión
Intenciones del
columnista
Importancia del
columnismo en el futuro
Los escritores
que escriben en los periódicos
Capacidad de
convencer a los lectores
Tipos de
columna en el periodismo de opinión
Periodismo y
Literatura
Periodismo
interpretativo
El columnista
ante su público
II. BIBLIOGRAFÍA
IV. UMBRAL Y EL
PERIODISMO
V. ANÁLISIS DE LAS
COLUMNAS DE UMBRAL
El Mundo del
Siglo XXI
Abc
VI. CONCLUSIONES 128
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“Lógicamente,
ha de existir una coherencia previa entre la línea ideológica o cultural del
periódico y la del articulista que se sirve de sus páginas como vehículo de sus
ideas. La falta de una coincidencia general entre las posiciones del medio y
las del columnista darán lugar a un desconcierto del público”
Hemos
escogido estas palabras de Esteban Morán Torres en su libro Géneros del Periodismo de Opinión para
introducir este Trabajo, porque creemos que se adecúan perfectamente con
nuestros objetivos. Nuestra idea inicial es analizar, basándonos en el estilo
de Francisco Umbral, las razones por las que el conocido novelista volvió a las
páginas del El Mundo del siglo XXI
después de haber estado desempeñando su labor de articulista en el diario ABC del 19 de septiembre al 29 de
noviembre de 1993.
Para ello,
analizaremos las características e la forma de escribir de Umbral en el período de ABC y en el intervalo justamente
anterior a su marcha de El Mundo,
exactamente, hemos elegido del 25 de agosto al 14 de septiembre.
El periodismo de opinión es una de las
facetas que más enriquecen la lectura de un periódico hoy en día. La opinión ya
no es patrimonio de los semanarios de actualidad, que solían disponer de más
tiempo para interpretar las
informaciones de cada jornada. En la radio, en la televisión y en la prensa
escrita diaria, son numerosos los periodistas y novelistas que se dedican a
analizar con todo detenimiento lo que ocurre, y ofrecen a la audiencia un
producto final completo, suma de información y opinión.
Este valor añadido, este esfuerzo del
periodismo como colectivo, ha sido una de las razones que nos ha impulsado a
escudriñar un poco más en el tema elegido para nuestro Trabajo de
Investigación.
Creemos que también deberíamos explicar
brevemente las razones de elegir a Francisco Umbral entre tantos buenos
escritores y periodistas que cada día se asoman a las pantallas de nuestra
televisión, o nos despiertan por la mañana, o leemos en el metro de las grandes
ciudades muchas veces apresuradamente.
Umbral es un escritor que posee una
capacidad especial para jugar con el lenguaje, y eso posibilita que cada día,
su lectura sea un requiebro a la inteligencia, y una apuesta al humor. Opinamos
que columnistas y escritores como Umbral, hemos tenido pocos, aunque por
fortuna tenemos la suerte de poder disfrutar con él cada día, en el periódico.
El trabajo se estructura en varias partes
principales. En primer lugar, recogeremos lo que varios autores han escrito
acerca de la Columna Periodística, sus características generales, sus
implicaciones, su historia. Más tarde, abordaremos el análisis de las columnas
de Umbral en los dos períodos que antes hemos mencionado, por orden cronológico.
Primero en El Mundo, y luego en el ABC, siguiendo una ficha técnica que nos facilite la comparación posterior.
Por último, y una vez que poseamos todos estos datos, los cotejaremos y
sacaremos unas conclusiones que son, como ya hemos adelantando, el objetivo
final de trabajo.
El
periodismo tiene cuatro funciones clásicas reconocidas por la inmensa mayoría
de los autores: informar, entretener, orientar e interpretar. Las columnas de
opinión tal y como hoy las conocemos, son el resultado de una mezcla muchas
veces explosiva de estas cuatro funciones que hemos relatado. Hay columnistas
en los que predomina la opinión sobre la interpretación, mientras que en otros
el recurso del humor es el más utilizado.
Concha Fagoaga (1), ha asegurado que “si la
finalidad del tratamiento de la información es no sólo analizar los hechos sino
añadir una valoración, una estimación de ellos, se está produciendo un mensaje
interpretativo”. A nuestro juicio, Umbral es un escritor que no pretende
convencer a los lectores con sus escritos, simplemente desea añadir una visión
distinta, englobar esa noticia en un contexto determinado, en una época, en una
perspectiva concreta que nos conduce a conocer su propia opinión, pero con
ánimo de persuadir, sino con el de ilustrar y entretener.
Como la
propia Fagoaga (2) determina, “Los hechos no se producen descontextualizados de
una situación económica, social y política concreta. Los hechos no surgen
aislados de una realidad más amplia, se insertan en ella; esa realidad en que
actúan todos juntos, los comunicadores públicos que socializan los mensajes y
los receptores de éstos”. Francisco Umbral, conocedor de la realidad en la que
le ha tocado vivir y muchas veces protagonista directo de alguno de estos acontecimientos,
suele incluir, como ya veremos en el análisis posterior, numerosas excusas colaterales donde vierte sus
conocimientos acerca de la literatura sobre todo francesa y sobre todo de este
siglo, para después volver en un repentino giro sobre el tema que está
abordando, ofreciendo su visión particular de lo sucedido.
El
periodismo interpretativo como lo conocemos en nuestros días, surge en 1923 con
la puesta en marcha del Semanario Time como expresión de un nuevo periodismo
impulsado por dos jóvenes universitarios de Yale, Briton Hadden y Henry Luce.
Estos dos estudiantes apuestan por ofrecer las noticias que se producen en la
Universidad de una manera diferente. No manda la noticia, el hecho en sí, sino
que se añaden explicaciones, datos de antecedentes, referencias al pasado y
predicciones de futuro, contextualizando lo ocurrido.
En este
sentido, y como afirma Juan Gutiérrez Palacio (3) “las columnas ayudan a
introducir en los lectores un cambio respecto al estilo más restringido de la
redacción periodística. Las columnas dan colorido, diversidad y opinión. Y
ayudan al periódico en la doble obligación que tiene con los lectores: informar
y entretener”.
Eso sí,
gracias a los avances en materia de tipografía y de diseño periodístico, las
columnas de opinión suelen posees unos rasgos comunes que ha detallado Esteban
Morán Torres (4), “para que un artículo tenga consideración de columna, debe
ajustarse a ciertas formas, como son su extensión uniforme, la libertad del
tema, la asiduidad y el amparo de un título general que la distingue de otros
trabajos de colaboración. En la prensa escrita, la columna tiene un tratamiento
tipográfico especial; se la aísla siempre con recuadros, filetes, corondeles u
otros procedimientos que la destacan del resto del contenido de la página”.
¿Quién es
periodista?, Aquélla persona que ejerce el periodismo. ¿Qué es el periodismo?,
Es un conjunto de técnicas que se aprenden gracias a las cuales una persona es
capaz de analizar los hechos, seleccionar lo más importante, y escribirlo
adecuadamente mediante un orden establecido, lo que en periodismo se denomina
la pirámide invertida. En este sentido, pues, los columnistas habituales de los
periódicos en nuestro país se encuentran cada día a su disposición con una
serie de hechos de los que debe elegir el que resulta más novedoso para sus
lectores.
Como ha escrito Enrique de Aguinaga (5) “es ejercicio periodístico, en términos generales, la actividad dirigida a la obtención, elaboración, interpretación y difusión de noticias y opiniones destinadas al público, así como el asesoramiento en aquellas materias, siempre que se realice con dedicación profesional que exija los conocimientos y técnicas proporcionadas específicamente por las facultades de ciencias de la Información”.
Los
escritores que escriben en los periódicos son unas personas que escogen un tema
diariamente para sus lectores. No son periodistas, hablando de una manera
estricta, sino colaboradores, siguiendo la definición que aporta la Real
Academia Española (6) “persona que escribe habitualmente es un periódico, sin
pertenecer a la plantilla habitual de redactores”.
Asimismo, y
siguiendo la línea marcada por el Profesor Aguinaga (7) “la colaboración
literaria, en términos generales, es la que comunica opiniones o reflexiones
personales de todo género, desde el político al estético, en forma de artículo,
columna, ensayo o géneros análogos, fundamentalmente de carácter subjetivo”.
Si
pretendiéramos otorgarle a los columnistas la condición de periodistas, en
virtud de su dedicación y excelente pluma, sería tanto como pretender que
mediante ese ejercicio arbitrario, le estuviéramos reconociendo también la
capacidad para redactar editoriales, hacer información parlamentaria, mantener
una corresponsalía, organizar la sección local de un medio, y en último
extremo, dirigir el propio periódico en el que trabaja.
Ser
periodista no es algo que se aprenda a fuerza de escribir columnas interpretativas
en un periódico. Ser periodista significa que se poseen una serie de
capacidades que posibilitan al sujeto para interpretar, orientar, organizar,
seleccionar, y redactar los acontecimientos diarios que se producen en la
sociedad. Unas capacidades que se enseñan en las distintas Facultades de
Ciencias de la Información, rama de Periodismo, que existen en España.
Kimball
Young distingue cuatro etapas básicas en el proceso de formación de la opinión
pública: primero, algún tema o cuestión comienza a ser propuesto por algún
grupo de personas; segundo, surgen las preguntas en torno al tema propuesto, se
organizan charlas, coloquios, conferencias, aparecen noticias en los
periódicos; tercero, madura el ambiente y surgen soluciones y respuestas a esas
soluciones que aparecen como alternativas; cuarto, a través de la movilización
se llega a formar un cierto consenso; quinto, la decisión aceptada se pone en
práctica.
Pues bien,
todos los columnistas se proponen a la hora de escribir su columna diaria
influir, de uno u otro modo, en la opinión pública. Ser respetados por lo que
piensan, y ser capaces de lograr que alguna persona reflexione acerca de lo que
ha escrito y acoja como suya la postura que ha adoptado el escritor ante el
tema elegido.
Pero,
¿hasta qué punto estos columnistas pueden influir en sus lectores?. Luisa
Santamaría (8), divide muy claramente las parcelas de pensamiento que todo
hombre y mujer poseen. Santamaría diferencia entre las opiniones (“suelen ser
efímeras y reflejan el sentimiento público del momento; en muchos casos
reflejan más lo que el individuo piensa que debería sentir que lo que de hecho
siente”), y las actitudes (“no reflejan necesariamente los sentimientos del
público en general, aunque sí suelen plasmar los de algún grupo al que el
individuo se haya asociado. Normalmente están enraizadas en los rasgos de
carácter, y son los que hacen que el individuo seleccione de entre el torrente
de estímulos que acuden constantemente a sus sentidos, sólo aquellos que están
en consonancia con sus propias creencias profundamente arraigadas”).
Siguiendo esta idea, los escritores o
colaboradores literarios que ejercen parte de su actividad como intelectuales
en los medios de comunicación no suelen dirigirse a las actitudes que el lector
posee, menos permeables y tendentes al cambio, sino que se centran en las
opiniones que se ha creado el lector sobre un tema concreto, de reciente
aparición.
Asimismo, el columnista juega con una pequeña
ventaja a la hora de intentar persuadir de sus opiniones a los lectores si
comparamos a la columna literaria con el género de opinión por excelencia: el
editorial.
Así, José Luis Martínez Albertos (9) afirma que
“el editorialista adopta posiciones ideológicas con vigencia actual mientras
que el comentarista emite juicios para entender el curso futuro de los hechos.
Desde un punto de vista literario, el columnista tiene mayor margen para
expresarse sin la ampulosidad y nobleza del editorial, utilizando giros y
expresiones de tipo coloquial o incluso desgarradas, pero siempre en un tono
decoroso”. Martínez Albertos pone en este caso el acento en las enormes
posibilidades estilísticas que posee un columnista para conseguir sus
objetivos, unos recursos de los que no disponen los editorialistas que ven cada
día como deben restringir su estilo reduciendo sus posibilidades y sacrificando
el lenguaje a la claridad y a la concisión de la idea.
Los columnistas tienen una capacidad clara de
influir en las opiniones de los lectores, aunque difícilmente le hará cambiar
sus actitudes, su ideología más profunda, ante un determinado asunto.
Son
numerosas las clasificaciones de columnas literarias en el periodismo que nos
hemos encontrado en la bibliografía.
Luisa
Santamaría (10), habla de hasta ocho tipos de columnas perfectamente asimiladas
al periodismo en nuestro país:
a.
La columna editorial firmada, que parece
un editorial, pero que expresa el elemento personal, con opiniones o ideas que
sostiene el propio columnista.
b.
La columna estándar, que se ocupa de temas
editoriales de menor importancia y los trata en uno o dos párrafos.
c.
La columna revoltillo, que presenta a sus
lectores un poco de todo.
d.
La columna de los colaboradores, en la que
tienen cabida aficionados a la poesía y a la sátira y los inventores de los
chascarrillos.
e.
La columna de ensayo, que tiene una
limitada variedad de temas, pero también una regla estricta: no ser nunca
didáctica ni aburrida.
f.
La columna de chismografía, que denota el
interés por los seres humanos, sus vicios y sus virtudes.
g.
La columna de orientación, que es muy
parecida a la de los chismes, pero la trascienda en su significación.
h.
Y la columna personal, que es un espacio
reservado por los periódicos a escritores de notorio prestigio, adquirido
muchas veces fuera del ámbito del periodismo.
El Profesor Martínez
Albertos, por su parte, cita como tipos de columna:
a.- El ensayo
b.- Artículos costumbristas
c.- Artículos de humor
d.- Artículos retrospectivos
e.- Columnas de tipo personal.
Es muy interesante destacar el hecho de que Luisa Santamaría engloba al autor objeto de nuestro estudio, Francisco Umbral, en el último de los apartados, en la columna personal, algo en lo que coincide con el Profesor Martínez Albertos (11), quien asegura que “de todas las formas del periodismo actual en España, es preciso reconocer que la columna personal es fuente inagotable de textos periodísticos literarios de excelente calidad. Congenia perfectamente este modelo expresivo con el talante literario que todavía arrastra buena parte de nuestro periodismo. Hay una larga lista de autores que pueden ser incluidos en esta nómina incompleta. Deseo señalar dos figuras eminentísimas de esta modalidad: Manuel Alcántara y Francisco Umbral”.
Llegamos a la conclusión de que la columna
personal es un texto literario muy diverso donde cabe casi de todo: la sátira,
el humor, el rigor, la cultura, la seriedad, y la transcendencia. Una especie
de cajón desastre que viene determinado por la forma personal de escribir del
autor y por su propia idiosincrasia, como ha escrito Esteban Morán Torres (12)
“el columnista requiere unas dotes especiales. Es, ante todo, un buen
observador capaz de transmitir sus impresiones a los lectores de sus artículos.
Esto último le configura como escritor de buena pluma, con aptitud para
comunicarse fácilmente con su público. Ha de ser sincero, honrado valiente y
responsable. De todos estos factores depende la consecución de eso que se llama
credibilidad y que el diccionario define escuetamente como “calidad de
creíble”, pero que a estos efectos es mucho más. Es la fe que ponen los
lectores en lo que el articulista les dice. Es el patrimonio,
extraordinariamente valioso, del buen columnista”.
Estas cualidades a las que hace referencia Esteban Morán Torres se acentúan en el caso de aquellos columnistas que no se ciñen a un tema determinado, a un área del periódico donde escriben (nacional, local, internacional, economía,...), sino que son capaces de tratar diferentes temas sin que por ello se reduzca su calidad y que, por ellos mismo, atraen a un número muy importantes de lectores hacia su periódico.
El
periodismo y la literatura han sido siempre dos actividades emparentadas.
Acerca de su grado de hermanamiento, los debates han girado en torno a dos
posturas encontradas. Por un lado, los que afirmaban que el periodismo ha
nacido de la literatura, como la rama nace del tronco, y por otro, los que
aseguran que ambas actividades son independientes, tienen rasgos diferenciados,
y no hay que confundir.
La postura
que mantenemos en este trabajo, recoge rasgos de ambas opiniones, acercándonod
quizá más a la segunda que a la primera.
El
periodismo tradicional ha bebido en las fuentes de la literatura. Nadie puede
negar un hecho que es irrefutable: en los primeros albores del periodismo
moderno, en el siglo XIX, eran los escritores y los novelistas los que llenaban
las páginas de los periódicos con sus escritos. Dentro de un periodismo
denominado por todos como fundamentalmente ideológico, la función principal del
papel impreso era la de expresar por escrito las ideas de una determinada
opción política, tarea que a menudo llevaban
a cabo los escritores, y la de publicar relatos o novelas por entregas
que eran un excelente reclamo para los escasos lectores de entonces. Las
noticias quedaban relegadas a un segundo plano.
Sin embargo, los avances técnicos revolucionaron
el concepto de periodismo entendido como tal hasta entones. Poco a poco, se
podía retrasar cada vez más la hora de cierre de los periódicos. Paralelamente,
se conocían en los periódicos más noticias, que llegaban hasta las redacciones
por telégrafo, y por vía telefónica. Este cambio trajo como consecuencia que
los periódicos comenzaran a introducirse en el llamado periodismo informativo
de los hechos, y comenzó a necesitar menos el apoyo de los escritores para
llenar las páginas.
Se estaba
creando un estilo nuevo de escribir. El periodismo, a medida que aumentaban y
mejoraban los avances técnicos, se iba desligando de la literatura y adquiría
su propia personalidad, centrada en el fenómeno nuclear de su actividad: la
noticia.
El profesor
Martínez Albertos (13) explica a la perfección cuáles eran esos rasgos que
definían el estilo nuevo que se estaba gestando, el lenguaje periodístico:
1.- Correción: el lenguaje periodístico es un lenguaje
no-literal próximo a la lengua coloquial culta.
2.- Concisión: es normal el predominio de sintagmas nominales
para conseguir frases cortas.
3.- Claridad: la eficacia y la univocidad comunicativa se
consiguen por el uso de verbos adecuados, en forma activa y tiempo del modo
indicativo.
4.- Captación del receptor
5.- Lenguaje de producción colectiva
6.- Lenguaje Mixto
Octavio
Aguilera (14), por su parte, señala que siempre habrá un elemento común entre
ambas disciplinas: “periodismo y literatura son dos modos de hacer paralelos
–algunas veces convergentes- cuya coincidencia fundamental radica en utilizar
la palabra como utensilio de trabajo y la frase, como vehículo del pensamiento”.
Pero no es
fácil seguir un camino propio, buscando las raíces del periodismo como lenguaje
independiente. En el trayecto podemos encontrarnos también algunos obstáculos,
como el que nos señala Martínez Albertos (15), y que nos pueden hacer volver
incluso a mirar a la literatura como una vía segura para no perder nuestra
independencia: “durante más de cien años, el lenguaje periodístico ha estado
luchando por conseguir su propia identidad como hecho cultural frente al
colonialismo tradicional del lenguaje literario; cuando finalmente esa propia
identidad está en nuestros días casi lograda del todo, el rumbo histórico
impone a los periodistas, en cuanto comunicadores públicos de unas
características peculiares, un nuevo acercamiento psicológico y formal a ese
mismo lenguaje poético del cual ha intentado escabullirse desde hace décadas. Y
el motivo de este acercamiento hay que buscarlo no tanto en la fuerza atractiva
que la literatura pueda ejercer sobre el periodismo, sino en el deseo de evitar
un nuevo colonialismo literario: el colonialismo impuesto por la fría
perfección de la comunicación de datos”.
Pero hoy en
día, y a imitación de lo que sucedía en el siglo XIX y en principios del XX,
los escritores no pueden dejar de sentirse tentados por la posibilidad de
escribir en un periódico y llegar a los lectores de un modo muy cercano y ágil.
José Acosta
Montoro (16) refleja esta idea cuando asegura que “el escritor, que conoce la
vida por vocación y oficio, no puede quedarse al margen de un fenómeno comunicativo
cuyo medio proporciona la posibilidad de influir en lo cotidiano, bien con la
transmisión de noticias, bien con la transmisión de opiniones que pueden
informar la actitud de sus lectores, de su continuidad y aun de su gobierno”.
¿Qué
persigue un columnista, ya sea periodista o escritor, cuándo se dispone a
escribir su columna diaria?. Persigue influir, de uno u otro modo, en la
opinión de quienes leen ese artículo, desea abordar un determinado asunto e
incluir en la esfera de las opiniones su propia visión de cómo ha ocurrido el
hecho, de cuáles son sus relaciones con otros de parecida factura y de cuál
será el siguiente paso.
Como escribe
Concha Fagoaga (17) “los mensajes interpretativos son mensajes dotados de
cuantos elementos explicativos sean indispensables para aportar al receptor
plural una valoración sobre hechos de actualidad”. Así, los columnistas suelen
salpicar sus escritos de citas de otros autores que les corroboren en sus
tesis, ya sea el tipo de razonamiento que empleen –utilizando la jerga
aristotélica-, deliberativos, judiciales, o epidípticos, depende si se refieren
a lo que es más o menos útil para el perfeccionamiento de la vida en sociedad,
a lo que es justo o injusto, o a elogiar o censurar las conductas de alguien.
En un
periódico, por elegir el medio de comunicación que más profusamente se sirve de
los llamados géneros de opinión, podemos encontrarnos argumentaciones en los
editoriales, en los sueltos y glosas, y en los artículos de opinión o comentarios.
Pero el periodismo interpretativo es casi patrimonio de los editoriales, como
bien lo afirma la propia Fagoaga (18) “el término periodismo interpretativo
viene a servir para diferenciar un determinado tipo de mensajes que ya no se
codifican conforme al relato objetivo de los hechos y que a su vez muestran un
claro distanciamiento de los comentarios editoriales o editorializantes”.
Juan
Gutiérrez Palacio (19) va un poco más lejos, e incluso llega a asegurar que la
columna es un tipo de escrito reservado normalmente a escritores que no son
periodistas profesionales “los autores de los géneros para el comentario
periodístico, el editorial y el comentario, están realizados por periodistas
profesionales. Los otros géneros situados a continuación, críticas, tribunas
libres, ensayos, pueden tener como autores a periodistas profesionales pero lo
más corriente es que sus responsables sean personas sin una dedicación plena a
las funciones informativas”.
En este
contexto, el periodismo interpretativo supone el complemento ideal a la tarea
informativa diaria que realizan los periodistas profesionales. Los columnistas
y editorialistas constituyen la reflexión del periódico después de haber
realizado un repaso a la vorágine informativa de titulares. El reposo de una
lectura sosegada frente al frenetismo de la noticia. En palabras de Paul White,
director de programas informativos de la CBS en una cita que recoge Concha
Fagoaga (20), “la presentación de los antecedentes y de todo el material
tangencial que permita al lector llegar a sus propias conclusiones, una vez en
poder de los elementos de juicio necesarios”
Los temas
que aborda un columnista son casi infinitos. Puede decantarse por comentar en
voz en alta un pensamiento que se le ha venido a la cabeza por la mañana cuando
miraba a través de la ventana (estos suelen ser los consagrados, los que no
necesitan decir mucho para impresionar a todos), o puede realizar un exhaustivo
estudio acerca de un hecho, introduciendo datos, opiniones sobre el tema que
haya recogido todo aderezado con unas cuantas expresiones propias, con lo poca
gente lo leerá, resultará demasiado pesado y prolijo, y los pocos que se
atrevan, tacharán ese nombre de su cabeza cada vez que abran el periódico.
Lo más normal
es que en las columnas de opinión se traten los temas de un modo muy personal
variando bastante poso el estilo de un día a otro, y que se procure aportar
algo más que un interesante análisis. En este sentido, los columnistas suelen
conservar un estilo propio donde prime un determinado elemento, como el humor,
las metáforas rebuscadas, las hipérboles, las comparaciones, los adjetivos,
etc..
Lo que sí es
cierto es que, como ha dejado escrito Juan Gutiérrez Palacio (21), es que “el
primer nivel informativo está hoy día acaparado por el periodismo de radio y de
televisión, en tanto que la prensa escrita tiende a exponer los hechos en el
llamado segundo nivel: al simple hecho se le incorporan elementos valorativos
que aportan ciertas dosis de opinión”.
Los temas en
los que se suelen fijar los columnistas, como ya hemos dicho, son casi
infinitos, una opinión que se sustenta en la de Esteban Morán Torres (22) quien
pone el acento en que lo importante no es el tema sino otros elementos
adyacentes al propio comentario: “todas las actividades humanas son
susceptibles de comentario. En los medios de comunicación, esa labor es obra de
expertos que cuando someten sus artículos a unas reglas determinadas que
afectan principalmente a la asiduidad, la extensión, y la ubicación en el
medio, se convierten en columnistas”. Todo el mundo puede ser columnista, viene
a decir Morán Torres. Sin embargo, en una cita posterior que hemos recogido ya
en este estudio, el propio Morán Torres afirma que el columnista requiere unas
dotes especiales, que debe ser un buen observador, y que debe saber transmitir
esas observaciones de una manera cuidadosa a la pluma y luego al papel.
Siguiendo
con los temas abordados, Martínez Albertos (23) realiza un interesante
comentario acerca de un desplazamiento de temas que se observan desde los
editoriales hacia las columnas de opinión: “puede decirse, sin embargo, que en
el periodismo moderno, existe un desplazamiento de temas del editorial a las
columnas de los comentaristas, sobre todo en aquellos comentaristas que tratan
temas políticos en los diferentes niveles: local, nacional, internacional,
economía, educación” Albertos asegura también que esta tendencia de trasladar
los temas se debe a la influencia norteamericana.
(1) Concha Fagoaga. Periodismo interpretativo. El análisis de la
noticia
(2) Fagoaga, op. cit., pág. 11
(3) Juan Gutiérrez Palacio. Periodismo de opinión
Editorial Paraninfo. Madrid, 1984, pág. 173
(4) Esteban Morán Torres. Géneros del Periodismo de Opinión
Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona, págs. 164 y
165
(5) Enrique de Aguinaga. Periodismo profesión
Ediciones Fragua, Madrid 1980, págs. 214 y 215
(6) Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua
Vigésima Primera Edición, Madrid 1992, pág. 504
(7) Aguinaga, op.cit. pág. 143
(8) Luisa Santamaría. El Comentario Periodístico. Los géneros persuasivos.
Editorial Paraninfo. Madrid, 1990, pág. 35
(9) José Luis Martínez
Albertos. Curso General de Redacción Periodística. Editorial Paraninfo,
Madrid 1997, pág. 373
(10) Santamaría,
op.cit., págs. 121y 122
(11) Martínez Albertos,
op.cit., pág. 382
(12) Morán Torres,
op.cit., pág. 166
(13) Martínez Albertos,
op.cit., pág. 203
(14) Octavio Aguilera.
Periodismo y Literatura
Editorial Paraninfo, Madrid 1992, pág. 25
(15) Martínez Albertos,
oc.cit., pág. 394
(16) José Acosta
Montoro. Periodismo y Literatura I
Ediciones Guadarrama, Madrid 1973, pág. 51
(17) Fagoaga,
op.cit., pág. 32
(18) Fagoaga,
op.cit., pág. 8
(19) Gutiérrez Palacio,
op.cit., pág. 110
(20) Fagoaga,
op.cit., pág. 69
(21) Gutiérrez
Palacio, op.cit., pág. 23
(22) Morán Torres,
op.cit., pág. 163
(23) Martínez
Albertos, op.cit., pág. 372.
III. OPINIONES SOBRE UMBRAL
-
José Luis Martín Prieto. El Mundo. Mayo de
1996
“Algunos ya sabíamos que este hombre era el nuevo
Larra y mucho más. Me precio de haberle apreciado siempre cuando los envidiosos
que tuvo, tiene y tendrá, estimaban que siempre se iba a quedar en su
apellido”.
“La vida de Francisco Umbral está en la cinta de
una máquina de escribir y millones de horas puestas al estudio y a su trabajo.
Habremos de agradecerle su debilidad, que es la de prodigarse en los
periódicos”.
“Paco Umbral es un lujo, y por ello, una
debilidad; otro vicio al que no me resistiré”.
-
Raúl del Pozo. El Mundo. Mayo de 1996.
“Umbral detesta el academicismo, desprecia el
canon, maldice la “odiosa premeditación de la novela”, es un vanguardista
crónico, pero sobre todo, utiliza la palabra como otros el veneno o el amonal”.
-
Santos Sanz Villanueva. El Mundo. Mayo de
1996.
“Todo en Umbral es memoria, confesión, vivencias
pasadas por el tamiz del arte, por una prosa creativa, innovadora, llena de
hallazgos expresivos, de imágenes sorprendentes, de metáforas plásticas y
reveladoras de una realidad casi siempre gris, pero que el escritor ilumina con
su palabra nueva o renovada. Esa prosa incita el artículo periodístico, la
crónica de un tiempo histórica o la nihilista indagación antropológica”.
-
Elvira Huelbes. El Mundo. Mayo de 1996.
“Nadie podrá arrebatarle a Francisco Umbral el
talento polémico, armado de una prosa en ocasiones sencillamente insuperable,
la mayoría de las veces brillante, vigorosa, culta, precisa”.
-
Javier Villán. El Mundo. Mayo de 1996.
“Su pericia idiomática es quizás la aventura más
compleja de este siglo, incluido algo tan incuestionable como la fronda
valleinclanesca, la filigrana de Gómez de la Serna, o la hermosa y contundente
plasticidad de Camilo José Cela”.
“Uno de los aspectos más llamativos de Francisco
Umbral es la acción desestabilizadora de la palabra y la autoridad con que se
manifiesta”.
-
Eduardo Haro Tecglen. El Mundo. Noviembre
de 1996.
“Por dentro, seguirá midiendo sus palabras para
meterlas en los siete, en los catorce versos o en la largura de un párrafo sin
fin, o en la brevedad de un billete de primera página; pero hará que las
verdades entren dentro de una belleza, como es el misterio suyo”.
-
Fernando Fernán Gómez. El Mundo. Marzo de
1997.
“He aquí una de las características del modo de
hacer de Umbral, por medio de su escritura convierte, no sólo a los que ya
disfrutamos de su amistad, sino al lector desconocido, en amigos, en
confidentes”.
-
Fanny Rubio. El Mundo. Marzo de 1997.
“Umbral ha educado su oído con resonancias de
Rubén Darío y de la Segunda Antología
de Juan Ramón Jiménez, y estira la pupila en los faldones de Quevedo y Valle.
Los cuatro son culpables de que Umbral sea modernista de títulos, juanramoniano
de compás, barroco de adjetivos, elegíaco de tono, moral de trazo y en la
medida de Ramón, atinado de estoque y concentrado de rebotes como un berrido
parvular”.
-
Camilo José Cela. Epílogo de la biografía
de Umbral escrita por Angel Antonio Herrera, recogido en El Mundo, en enero de
1992.
“Francisco Umbral me parece un escritor de cuerpo
entero, un creador del lenguaje, un buceador del último y más recóndito sentido
de las palabras. Pienso que posee el incalculable tesoro de tener voz propia,
que es la condición indispensable para poder hacerse un sitio en ese confuso
limbo de los injustos que se llama el Parnaso”.
-
Víctor de la Serna. El Mundo. Octubre de
1994.
“Tiene [Umbral] una capacidad única, entre los
columnistas literarios –que siguen desde Larra distinguiendo los periódicos
españoles de entre los de casi todos los demás lugares-, para proyectar una
visión propia de las personas, los personajes y los sobresaltos de la vida
española”.
-
Gustavo Villapalos. El Mundo. Enero de
1993.
“Umbral se queda en tímido incensario cuando
elogia y se vuelve guillotina cuando execra a capetos y troyanos. Todo cuanto
existe, los tipos, las costumbres, los vicios y la impiedad lo mira Umbral y,
ya digo, lo metaboliza primero y ¡zás!, lo regurgita después bajo especie de
epítetos lúcidos, líricos, arrebatados y levemente asesinos”.
-
José María Valverde. El Mundo. Enero de
1993.
“En su columna es donde Francisco Umbral ahonda
más en las grandes cuestiones y asume mejor los grandes compromisos. Parece
como si la rapidez del comentario de actualidad y la modestia de incrustarse en
un contexto informativo incitaran a Umbral a disparar más a fondo, dentro de su
humorismo y su velocidad. Y esos disparos no sólo van en contra de algo, sino a
favor de todo lo que merece y necesita valimiento”.
-Pere Gimferrer. El Mundo. Enero de 1993.
“Los personajes de las columnas de Umbral son
ideas, y las ideas son los personajes de las columnas de Umbral; las negritas
marcan el tránsito del ser viviente al signo, y del signo a la idea, y de ésta
a la palabra. Desnuda, en la palabra llameará aquí la idea”.
-
Salvador Paniker. El Mundo. Enero de 1993.
“Por esto Umbral escribe diariamente, porque
necesita ser diariamente, porque necesita reinventar diariamente la inverosímil
llama del vivir. Y de ahí su connaturalidad con el artículo/columna de diario”.
-
Camilo José Cela. El Mundo. Enero de 1993.
“Tú tienes voz propia, querido Paco, no hay más
que leerte cada mañana para verlo, y eso es lo que salva tus páginas, siempre
maestras, pero también arruina tus días, siempre azarosos. ¿No te das cuenta de
que sería pedir demasiado que te dejasen en paz tras escribir como escribes y
vivir a tu aire?”.
-
Jose Antonio Jáuregui. El Mundo. Enero de
1993.
“Es Umbral un ser humano, tiene santos de su
devoción y camina en un orden de cosas, por la misma ruta de ciertos dogmas,
credos, catecismos, popes y sacristanes sabidos, consabidos y archisabidos.
Pero, incluso al caminar por esta ruta tópica, su agudo sentido del humor le
llevará y nos llevará irremediablemente por los caminos más di-vertidos e
inesperados”.
-
Eduardo Mendicutti. El Mundo. Enero de
1993.
“Todas las columnas de Umbral son un desafío a
esa palabrería empantanada que llamamos diccionario. El diccionario, cualquier
diccionario, es un mundo de palabras ya creadas. En cambio, en las columnas de
Umbral, las palabras -incluso las más familiares o resabiadas- parecen siempre
recién hechas, el diccionario está siempre por hacer. Cada columna de Umbral es
el primer día de la creación del lenguaje”.
“A mí a veces, en mis columnas, me da apuro
inventar palabras porque creo que ya las ha inventado Umbral, que ya son hijas
de Umbral, y, claro, a nadie le gusta cargar con la hija de otro. En cada
columna de Umbral anida la sospecha de que la palabra que creías tuya no lo es;
es de Umbral. Si una palabra te sale guapa siempre parece palabra de Umbral.
Plumabrava este Umbral”.
-
Fermín Bocos. El Mundo. Enero de 1993.
“Convertida en cariátide asomada a la actualidad,
suele ser la suya una columna abarrotada de gracia y muy dictada por el
institnto periodístico. En todas se advierte su certero olfato para captar la
novedad –política, social, literaria o simplemente chismosa-, cuando aún es
semilla en el ambiente cutre-isabelino al que cada día se asemeja más lo de
Madrid”.
-
Eduardo Chamorro. El Mundo. Enero de 1993.
“Umbral podría decir que él escribe porque se
ama. En ese amarse a sí mismo está el prodigioso o titánico recurso de
Francisco Umbral. Con ello se ha transformado en un estado de opinión y en una
sensibilidad, en una manera peculiar de no preocuparse demasiado por las cosas
sino por lo que le ocurre a él”.
-
Raúl Heras. El Mundo. Enero de 1993.
“Umbral se enfrenta a los fantasmas cuatricómicos
de papel couché y los exortiza con el lenguaje, para expulsarlos de su güisqui
con pan en las mañanas, y poder cortarles las venas dentro de la bañera de su
ingenio”.
IV. UMBRAL Y EL PERIODISMO
Los cuadernos de Luis Vives, Francisco Umbral
Editorial Planeta, Barcelona 1996.
Pág. 31:
Gracias al
descubrimiento del trabajo, de eso que llaman el trabajo, ensombreciendo esta
palabra, gracias a mi travesía del tiempo embalsamado de las oficinas,
descubría yo el sentido último y verdadero de la poesía, del arte, de la
belleza, que no eran sino una denuncia clamorosa y loca de la vieja sumisión
del hombre a su costumbre y de su costumbre a la de los demás.
Esto me hizo
más poeta, aunque no escribiera un verso.
Pág. 68:
Aquellos
periódicos dominicales fueron mi escuela de periodismo y me ayudaron a ver
claro lo que yo iba a ser en esta vida, profesionalmente, porque los libros
sólo dan calderilla en España. El artículo tiene la doble ventaja de que da de
comer y de que le convierte a uno en un escritor leído por el gran público, que
en España no lee libros.
Pág. 69:
Claro que no
todo escritor sabe escribir para los periódicos. Esto no es bueno ni malo. Aquí
entramos en el problema de los géneros, y el periodismo es un género literario.
Unos lo dominan y otros no, como el soneto. Pero se puede ser gran poeta sin
saber hacer sonetos.
Pág. 71:
Ya el olor
de los periódicos era para mí un goce irreversible, “una imposición de los
fenómenos”, como hubiera dicho Schiller. Y, al hilo de Schiller, lo que
Napoleón le dijo a Goethe: “El destino es la política”. O la literatura. En el
olor de los periódicos o de los libros yo me reconocía como en la fragancia de
mi destino. [...] El periódico era la
urgencia de leer. El mediodía del domingo, en fin, se llenaba de gaviotas
madrileñas de papel.
Pág. 79:
Escribir es
un verbo intransitivo. Escribir para escribir. No para mostrar a Dios o a
Stalin. Esta estética de la estética colmaba mi dandismo. (Luego haría mucho
periodismo político de izquierdas, pero de eso procuré salvaguardar siempre mis
libros más puros).
Pág. 91:
Yo estaba
decidido a vivir como escritor y vivir de mi escritura. Y ya sabía lo
suficiente de sociología literaria como para comprender que de la poesía lírica
no se vive. Que todos los poetas, de Rosales a Aleixandre, tenían otra cosa: un
sueldo o una renta.
Como yo no
tenía sueldo ni renta, me lancé de cabeza a la prosa. [...] Leí entonces en Pierre Mac Orlan una anécdota que fue
definitiva para mí. Dice Mac Orlan que
llevó un poema a una revista, siendo chico, y le dijeron que estaba muy bien,
que se lo publicaban. Entonces preguntó el precio: “No, hijo, la poesía no se
paga”. “Pues póngamelo en prosa y lo cobro”.
Pág 112:
Decir que
vengo del tronco barroco del castellano es decirlo todo y no decir nada. No ya
en las generaciones, ni siquiera creo en los géneros. Para los críticos sigo
siendo una singularidad, a veces interesante, a veces perfectamente marginable.
Parece que soy marginal en los dos sentidos de la palabra, en el de original y
en el de desechable. De ambas cosas estoy casi seguro.
Pág. 119:
A la tía
Algadefina, nueva y la misma, la metí ya en la novela de esta enfermedad que
cuento, Las ánimas del purgatorio, y en El fulgor de Africa y en Las señoritas
de Aviñón, y siempre que he hecho novela familiar, que es la que más me gusta y
en la única que creo: Proust.
Pág. 132:
De José
María [Stampa] aprendí yo que el hombre de éxito nace marcado, se le nota
enseguida por la manera de elegir la película de la tarde. Era ese hombre que
nunca duda porque lo tiene todo muy claro o porque sabe que una decisión
equivocada es más valiosa que una duda metódica.
Pág. 136:
[Sobre la
máquina de escribir]
El invento me gustó mucho enseguida y aprendí pronto, pero no imaginaba entonces que iba a ser la artesanía esencial de mi existencia. A mano sólo he escrito unos cuantos poemas de juventud. La mecanografía me fue muy útil en los reaseguros y luego, naturalmente, en el periodismo y la literatura. Mi escritura